domingo, 11 de diciembre de 2011

Alaa Al Aswani

Hace unos dias hablaba de Alaa Al Aswani por su puesto número uno en la lista FP de los 100 pensadores de 2011 por su papel en la revolución egipcia. 

Algunos datos...
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Alaa al-Aswani nació en El Cairo (Egipto) en 1957 en el seno de una familia intelectual. Su padre, Abbas Al Aswani, era escritor, por lo que desde muy pequeño entró en contacto con la literatura. Cursó sus estudios de secundaria en un instituto de habla francesa y estudió odontología en Egipto y en la Universidad de Illinois (Chicago), donde residió durante trece años de su vida. Además, tambien estudió literatura española en Madrid. Tras su vuelta a Egipto, abrió su consulta odontológica en el edificio Yacobián, lugar que posteriormente daría título a una de sus novelas.
Es miembro fundador del partido de oposición Kifāyya (Movimiento Egipcio por el Cambio), y participa activamente en la vida tanto política como cultural de su país. Actualmente sigue ejerciendo de dentista, profesión que compagina con la creación de novelas, cuentos y artículos periodísticos.

"El edificio Yacobián"

En 2002 publica Imaret Ya'qubian (El edificio Yacobián), obra que rápidamente se convierte en best seller de la literatura árabe, siendo traducido a más de veinte idiomas. En 2006 fue adaptada a la gran pantalla con el mismo título y bajo la dirección de Marwān āmid, convirtiéndose en la producción más cara del cine egipcio.. Recientemente, se ha llevado a la televisión en forma de serie dirigida por Ahmad Saqr.
El edificio Yacobián, que da título a la novela, es un inmueble señorial de arquitectura europea construido en 1934 por un homónimo millonario armenio en Wast el-Balad, barrio céntrico de El Cairo. Hasta 1952 en él residían la flor y nata de la sociedad egipcia de la época: aristócratas terratenientes, ministros, grandes industriales extranjeros, millonarios judíos y una élite cosmopolita y occidentalizada. Sin embargo, “en el año 1952 la Revolución lo cambió todo”, y las profundas trasformaciones sociales que el golpe de estado de los Oficiales Libres trae consigo afectan también a los habitantes del edificio: poco a poco los antiguos propietarios abandonan el país o se van a vivir a los nuevos barrios residenciales de Muhandesin y Madinat Nasser, mientras que los apartamentos son ocupados por militares y sus familiares y los trasteros de la azotea se convierten en habitaciones alquiladas a emigrantes pobres venidos del campo.
Progresivamente se va estableciendo una marcada separación entre la comunidad de la azotea, un microcosmos que lucha por la supervivencia diaria, y los inquilinos de los apartamentos, de clase acomodada. El edificio Yacobián se convierte en el hilo conductor que conecta estos dos universos paralelos, entrelazando las vidas de sus habitantes a pesar de las barreras sociales. Por eso, el edificio no es mera escenografía de la acción de los personajes, más bien constituye la estructura portante de la novela, encarnando una poderosa metáfora de la evolución de la sociedad egipcia a lo largo del siglo XX, cuyos cambios quedan reflejados en las historias de sus inquilinos.
A principio de los años 90, en el periodo de la Guerra del Golfo, Egipto es un país a la deriva: tras el declive del socialismo nasserista y la apertura liberalista. El pueblo sigue hundido en la miseria y afligido por la injusticia social como antes de la Revolución de 1952, un abismo separa los problemas reales del país de la política oportunista de una clase dirigente de nuevos ricos corruptos, ignorantes y ambiciosos.
De la novela emerge un retrato asqueado de la política egipcia, reducida a un negocio de compraventa de cargos, protagonizada por arribistas sin escrúpulos ni ideales que han alcanzado el poder por medio de sucio trapicheo y oportunismo político y se reparten el país como una propiedad privada. Hasta la religión, en sus manos, se convierte en un instrumento de poder y de propaganda electoral manipulado según la conveniencia, con el apoyo de autoridades religiosas conniventes que se prestan a justificar sus fechorías.
Tres habitantes emblemáticos del Edificio Yacobián destacan por su incapacidad de resignarse frente a este panorama desolador: Zaki, Buthayna y Taha, dos generaciones, clases sociales y géneros diferentes acomunados por el rechazo al estatus quo del presente.
Zaki es un personaje totalmente anacrónico, un aristócrata nostálgico que arremete contra la historia, y especialmente contra la revolución de Nasser, por haber destruido la efímera burbuja refinada y cosmopolita en la que vivía la aristocracia egipcia antes de 1952 y haberle condenado a una vida mediocre, despojándole de los privilegios que su posición le garantizaba. Sin embargo, a pesar de sus recriminaciones contra Egipto y su veneración por Europa, Zaki nunca ha dejado su país para vivir en otra nación, aún teniendo la posibilidad de hacerlo: su generación, crecida con la lucha nacionalista, tiene el mito de la patria todavía muy vivo y presente. A pesar de todo, sigue amando incondicionalmente a su país, confiando en sus potencialidades y capacidad de resurgir de la decadencia, una vez extirpado el cáncer de la dictadura que le mantiene sumiso en la ignorancia y la pobreza: “La causa de la decadencia de este país es la falta de democracia. Si hubiera un auténtico régimen democrático, Egipto sería una gran potencia. Nuestra lacra es la dictadura, porque la dictadura conduce inevitablemente a la pobreza, la corrupción y el fracaso en todos los ámbitos.”
El punto de vista de Buthayna, joven y hermosa inquilina de la azotea que tras la muerte del padre empieza a trabajar para sacar adelante a su familia y se ve obligada a soportar los acosos sexuales de su patrón, con tal de mantener su puesto de trabajo, es totalmente distinto: en su lucha diaria por la supervivencia. Ella no puede entender los sentimientos patrióticos y las teorías democráticas de Zaki, que le suenan tan irreales y lejanas como las palabras de amor de las películas. Es fácil ser idealista, siendo rico; a las “palabras mayores” de Zaki contrapone la urgencia de respuestas concretas y la evidencia de una realidad en la que “la gente sufre”, “está harta”. Buthayna simplemente pide la posibilidad de realizar sus modestos sueños a su medida, casarse, tener hijos, llevar una vida tranquila, en un “país limpio, en el que no haya suciedad, pobreza ni injusticia”, y por eso, pragmáticamente, considera que la única solución es salir de Egipto, huir de un país que odia porque nunca le ha ofrecido un futuro, sino que le ha forzado a una éducation sentimentale acelerada que ha quemado antes de tiempo la inocencia de sus sueños juveniles.
En contraste con el pragmatismo de Buthayna, se encuentra Taha, un joven idealista y soñador: a pesar de ser pobre, hijo del portero del Edificio Yacobián. Su máxima aspiración es entrar en el cuerpo de policía, para formar parte de ese aparato estatal que en su ingenua visión juvenil encarna el orden y la justicia. Es inteligente y aplicado, se ha preparado a fondo para la prueba de acceso a la Academia de policía; sin embargo, a la hora del examen su condición social humilde se impone como un sino ineludible, y Taha experimenta en su propia piel la injusticia de la discriminación clasista. En cuanto su visión ideal del estado se derrumba, Taha encuentra refugio en la religión que poco a poco se transforma en el eje de su vida. Tras experimentar la cara monstruosa del estado en la represión y la tortura, Taha aprende que el gobierno no es un padre cuidadoso, sino un Leviatán que se alimenta y se mantiene a costa de sus ciudadanos, como le recuerdan sus torturadores: “No eres nada para nosotros, Taha. Somos el Gobierno. ¿Acaso eres alguien para el Gobierno?”. Taha no puede creer que su país le haya hecho esto: su desesperación y deseo de venganza se convierten finalmente en odio y fanatismo.
La historia de Taha es paradigmática de la génesis del fundamentalismo como consecuencia directa del fracaso de la política: el islamismo radical encuentra terreno fértil en la injusticia y en el malestar social, tiene éxito entre las masas por su capacidad de movilización alrededor de grandes ideales, llenando el vacío ético abierto en la sociedad egipcia por la corrupción generalizada de su clase dirigente. Los islamistas se presentan como única alternativa al estado, se hacen intérpretes de la rabia y las frustraciones de los jóvenes, que encuentran en la religión amparo y esperanza frente a la desolación del presente. Taha se ha sentido traicionado por su país, por ese “Estado” que le ha destrozado la vida, y que se ha convertido en su peor enemigo: “Si hubiese sido detenido en Israel, los judíos no me habrían hecho algo parecido. Si hubiese sido una espía, un traidor a mi patria y a mi religión, no me habrían hecho esto.”
Además de criticar duramente tanto la política como la religión, la novela derriba también el tabú social de la sexualidad y se enfrenta a este tema de forma muy innovadora dentro de la literatura árabe, tratando aspectos normalmente silenciados como la homosexualidad y la sexualidad femenina, con un lenguaje muy explícito y realista. A consecuencia de la obsesión por la moralidad y de la represión de las pulsiones sexuales, en la sociedad egipcia todo tipo de relación que salga de la ortodoxia conyugal es condenada como pecado y por eso confinada a la clandestinidad. Eso vale tanto para las relaciones heterosexuales -Busayna y Zaki son acusados de prostitución por tener relaciones sin estar casados-, como para las homosexuales, que además son consideradas un vicio perverso, merecedoras del castigo divino. La homosexualidad aparece como una práctica difusa en la sociedad egipcia, trasversal a todas las clases sociales, pero “tolerada” por las autoridades sólo a cambio de que no turbe la fachada de moralidad pública y se mantenga escondida en la clandestinidad, sometida al chantaje de los policías.
Este puritanismo de fachada en materia sexual genera por otro lado una doble moral hipócrita, cuya consecuencia más evidente es la sórdida reducción del sexo a mero comercio, alimentando diferentes formas de prostitución, más o menos disimuladas, como el acoso sistemático de los patrones a las dependientas, que éstas se ven obligadas a aceptar para no perder el trabajo, o el matrimonio secreto pro-forma que Hagg Ezzam contrae con Suad, una mujer divorciada con un hijo pequeño, para poder mantener relaciones sexuales con ella a pesar de estar ya casado, sin levantar escándalo ni caer en pecado.
La novela se caracteriza por un marcado realismo y se enfrenta abiertamente a temas tabúes de la sociedad egipcia como la dictatura, la tortura, la homosexualidad, el aborto, etc.; sin embargo, esta crítica tan dura emerge a través de las historias de los personajes, nunca bajo forma de especulaciones abstractas o sermones moralistas. Este es el gran mérito de la novela: la capacidad de sacar a luz los aspectos más crueles e injustos de la sociedad egipcia, desenmascarando su cara oculta a través de una crítica mordaz que sin embargo nunca llega a ser pedante. A pesar de su contenido por momentos muy duro, la lectura de la novela nunca deja de ser agradable, la ironía interviene a menudo en suavizar el pesimismo, y la empatía con los personajes mantiene el lector enganchado al desarrollo de la acción hasta el desenlace final.













   



 - Trailer de la película subtitulado al inglés  




                                                    













-Película de Marwan Hamid en versión original



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